sábado, 4 de octubre de 2008

Facundo Casas: El Cazador de Mariposas

A un gran amigo

Que no me conoce.

“Andamos por ahí sin destino ninguno.

Cuando cazamos la mariposa y leemos,

ahí sí, se nos asigna el destino que pesquemos,

lo cual se llama libre albedrío”

A. Dolina

Corría detrás de ellas, carrera precipitada en sentido contrario no obstante las apariencias. Algo desesperadamente contento bailaba en su cuerpo atormentado, en el dorso de sus manos de delfín que surcaban el aire que era como una nube para esa espalda disimulada, iceberg que insinúa su fuerza a través del disimulo; el palo en alto, amenazante, y una red cuidadosamente atada a él.

Permaneciendo entre los ocasos con el blasón de un héroe muerto, su pesada figura de gólem se arrastra, vuelve sus pasos hacia el cómodo imán de los mates, y la radio, y el silencio rellenado con lecturas de Cortázar y Shua y etc., y está su tía –que no es su tía- en la casa; y para qué decir más, ahora que se sienta mientras ella le alcanza un mate y siente el sabor doblemente amargo, recordando el día, más que un día, una repetición de momentos tejidos en las fisuras de su negación rotunda, aunque débil, a ser arrastrado a eso que se llama inercia, un dejarse llevar por el río mientras sin duda su piel se arruga como se está arrugando, se desertifica en ese vaivén constante de silencios.

No puede ser esto. Podría estar una vida así y acaso no llegaría a ningún lado. Pero adónde llegar, qué es esto de tener un fin, un lugar de descanso, una meta como una señorita que le coloca a uno la guirnalda por correr más rápido esos cien metros. Acaso se trate de correr más rápido, de llegar primero. No, debe ser algo así como romper la carrera volviéndose hacia atrás con una sonrisa que podría rozar la fragilidad del final y correr con los brazos en las piernas, las piernas en las brazos, perderse en la tribuna, ser uno más, ser, abolir momentáneamente la soledad, destituir esa reina venenosa del trono, hacer el amor con Cleopatra y terminar con una cuchillada en su corazón para beber un poco de ese veneno, y sólo ahí, quizá.

A este paso cualquiera podría sospechar que somos italianos. Otra vez fideos: Fideos, fideos, fideos, Agua, manteca, hervor, espera, lentitud agonía, fideos listos cocidos, sal, -más tarde porque la abuela anda mal de los riñones-, -aunque ahora la abuela no está así que sal antes y ahora: plato, cubiertos, fideos, queso rallado y a comer. A comer viendo alguna película, tal vez hoy pasen Vainilla Sky, o Eterno resplandor de una mente… qué película Eterno etc., con esas estúpida necesidad de querer borrar al otro de la memoria, esa realidad nacida del mismo recuerdo, una experiencia inmóvil, pasado creado a partir del pasado. Interesante, pero criminal. Ver en el olvido una solución no deja de ser otra cosa que el desinterés, que una soledad tanto más pronunciada cuanto más vacío, cuanto menos lleno de heridas que son también agujeros, pero de una naturaleza claramente distinta, no agujeros como los de ese pobre soldado que hacen cambiar el canal a Clarita, enteramente escandalizada con las cosas que se ven hoy en día, con el cable que está cada vez más caro y más amarillista –y también más verde-, y los impuestos y el perro que por qué no se calla, que dejá de ladrar chicho que quiero escuchar las noticias, y los brazos de tía Clarita que aprietan como un enorme oso polar lleno de frío, que tirita porque se murió no sé quien, y yo que no sé cómo tranquilizarla aunque le traigo un té que dice chá preto, y te va a hacer bien tía, no te preocupes.

¿Y esto? Lugar curioso es este. La casa de madera se alzaba monstruosamente delante de él. Las maderas desprendidas, la puerta pintada naranja pálido por la herrumbre, intentando escapar de sus goznes, daban toda la impresión de una dejadez casi total. Eso, casi una versión disfrazada de la torre de pizza, aunque sin su fama, sin toda esa innecesaria indumentaria artificial de que se rodea a los monumentos y obras que mayoritariamente no pasan de ser reproducciones vulgares de un estado de cosas que muere junto a otro que nace o lo discute. Entre tanta ruina, tallada en la madera, el dibujo de una mariposa.

No se sorprendió demasiado al despertarse bañado en transpiración, reconociendo en esa cama pobremente acolchada, su cama; en el piso de mosaicos sucios, su piso; en las paredes escritas, esas paredes que intentan salvar de su encierro las palabras de algunos autores, sus paredes, y, por qué no, sus palabras.

Clarita, el trapo frío, la pieza; otra vez me dirá que me picó uno de esos mosquitos de porquería y se pondrá a despotricar contra cuanta cosa se le venga a la cabeza, cosa que casi siempre coincide con el Estado, la economía, los cigarrillos –quién sabe las oscuras razones por las que estarán siempre presentes- y claro está, los jóvenes de hoy en día. Por lo demás, es bastante probable que me haya picado un mosquito aunque por más odio que les tenga, no podría juzgarlos tan severamente como ella, pobres bichos, dudo que tengan la culpa de algo, ellos pican, como nosotros comemos o tenemos sexo, qué se le va a hacer.

Curiosos los sueños que tengo, bah, las pesadillas. Clarita lo ve sonreír con los ojos entreabiertos, me mira sin saber que estoy pensando que quizá sería bueno escribir mis pesadillas - sueños. Y es que no sé si deba entenderlos de este modo, pero mis sueños bien podrían llamarse pesadillas, es su lugar común, su cotidianeidad, su muerte silenciosa, paso dado en la luces oscuras de alguna noche que no logro recordar. Mis sueños han quedado oscuramente sepultados. La pesadilla –mis únicos sueños y por eso, mis no sueños en un plano como aparte, como lejano-, sueño mutilado, charla con el diablo, pacto cerrado en algún hemistiquio oscuro, que es como un vacío de símbolos trazados con la sangre de una bruja; nightmare, la yegua de la noche, como aquella pesadilla –aquel sueño- en la que una mujer pálida y desconocida me cortaba, especie de ritual que la convocaba a grabar en mi rostro breves trazos rojos, mujer que me confinaba esclavo a unos límites que eran ella misma.

Qué atávicas uniones habrá entre el fuego y el infierno, de dónde nos vendrá este vínculo tan figurativo, cuestión que probablemente nos haga olvidar lo trascendental que hay detrás de todo; cosas estas que pueden ser rescatadas a través de una sensación como esta que produce la fiebre y huye de la sensación misma, dejando un espacio para la compresión intermedia de puntos que se unen en la distancia, este estar vacío, si en el recuerdo que tengo de sus pasos livianos encuentro el miedo a los terremotos, a que con uno o dos pasos suyos, un leve roce, los cimientos que sostiene un atlas olvidado se estremezcan y se vaya todo al carajo; y entonces clamar por que -como a Girondo- la cama me trague, me pretenda, como me pretende, me traga, me expulsa.

No conforme con eso me regala imágenes de camas rotas de cansancio, de potenciales mares de sexo, de paredes acolchadas y escritas en mil lenguas –en una-, principios demasiado grandes para mis manos que se desesperan con tintas y plumas, imágenes esas de las que los sueños deberían adueñarse, haciéndolas más blandas, más masticables y difusas, y sin embargo nada de eso sucede, sufra en la cama, húndase y quémese, sin hundirse y quemarse del todo, así, así, muy bien, que dentro de un ratito lo tenemos bien cocido y lo podemos comer con aderezos ¿ve?

37, ya estás mejor. Pero si serás, dónde habrás estado. Ahí tenés por andar dando vueltas todo el día quién sabe dónde. Seguro que fue un mosquito.

Ya está, ahí empieza la eterna perorata de los mosquitos y etcs., y yo cada vez más aburrido de oír esta repetición, como esos días… pero basta, le demos a tía clarita un beso así de gordo, qué bueno, ya se le pasó un poco el enojo y encima dice que va a cocinar rico pero sano… combinación magistralmente difícil de lograr

No, no podés salir.

Porque te tengo una sorpresa.

Ah, eso es imposible. Tendrás que esperar para conocerla.

Sí, ya sé, podría haberme quedado callada, pero ya me conocés, algo te tenía que adelantar.

No es que la sorpresa no me gusta, no es que tenga nada contra ella. Pero Luz, mirame, mirame a los ojos, nota lo que los demás no, como siempre, que quiero estar solo, por favor. No, mejor quedate, así está bien, ahora te dejas caer con esa forma tan tuya de echarte en los sillones, las piernas por un lado, la cabeza siempre en algo que está mucho más allá de donde yo puedo llegar.

Pobrecito, ahí acostadito, enfermito, en piyamas

¿De que se ríe, de qué se ríe? Me podés decir de qué te reís.

De nada tonto, de nada, sólo que te queda muy gracioso el pijamas. Lunares blancos y la tela celeste. Ay, pero si le queda tan bonito, ni que fuera un cielo de día con estrellas.

Quién las entiende a ustedes… ¿no me vas a dar un abrazo?, mirá que no es contagioso, tanto tiempo lejanos.

Y sí… siempre ahí, en la lejanía, si es el único lugar donde puedo estar con vos. Igual que esos lunares, estoy cosida; pintada como una, como mil, como esas estrellas que tenés por todo el cuerpo, pero lejana –como acabás de decir-, como esas mismas estrellas. En la lejanía ni me notás, ni me ves, auque todo eso se borra con cosas tan simples como este abrazo que nos estamos dando, sentir esta constelación que late en tu pecho, esas estrellas que inocentemente te regalé sin saber que ahora pensaría en robártelas, desalunarte, desestrellarte, y así recuperar algo en tanta ausencia que se siente pesada y lenta como una mandíbula de tortuga. Seré una hija de puta pero ¿no ves que quedaste lleno de estrellas y yo agujereada? ¿Que mi cielo no tiene lunares estrellas blancas como el tuyo? Estoy apuñalada, desbordada de estrellas negras. Si supieras las cataratas estelares que nacen de ellas que desbordan desbordándose a sí mismas, que ese techo monstruosamente lejano y destruido, es lo que queda de lo que alguna vez, quizá, existió. Imposible que lo sepas, que al menos lo intuyas. Quizá ya ni recuerdes cuando me dijiste que, y la cama y tu cuerpo tan, frágil, tan, desnudo, y ante mi incredulidad, la negación repentina y terminante; entonces ahora entendeme, ahora este verte de nuevo después de nunca. Además me tenés lástima, se te nota en los ojos, te odio porque me mirás así aunque quiero que me mires así; aunque no, no soy tu perrito, ni nada, me voy, no te puedo más. Me voy, sabés, me dio un no se qué, creo que me entendés, mejor me voy.

Luz, esperá, quedate… pensás que no me doy cuenta por qué me mirás así sin decir nada. Lo de la otra vez fue un error, una situación propiamente de mierda, tratá de entenderme, no te pido que no te enojes, solamente quedate, quizá el silencio, o la música, a lo mejor esas cosas nos hacen vernos de nuevo.

Ah, llegó la hora poética, que se guarde esa porquerías para sus poemas o lo que sean, y que no me las tire en la cara, ¿no es evidente que amo eso de vos y que por eso mismo lo detesto? Que se lo ahorre, que se calle.

-Miren lo que les traje, café con tostadas y medialunas. ¿Qué tal?.

-Muchas gracias clari.

-Como siempre, ustedes dos un coro. ¿No quieren nada más? Bueno, no los jodo más.

Me mira y se ríe, como antes, siempre dejando ese vestigio de gozo, esa sentencia declarada en el aire y en silencio, como si el chiste que acabo de hacer, las palabras que acabo de decir, ya hubiesen estado escritas en alguno de sus papeles y él sólo se encargara de confirmarlas.

-Che y ¿eso es?...

-Chet Baker y Gerry Mulligan

Él fuma un cigarrillo, siempre fuma un cigarrillo. Se lo intento quitar pero me esquiva con una sonrisa rápida. Me mira, con el cigarrillo pegado a su boca, consumiéndose dócilmente en su boca, esa boca que espera, esa boca que me hace pensar que ahí se nace y se muere, que en esa brecha breve hay espacio para el tiempo fuera del tiempo.

-Es K-4 Pacific, quizá uno de mis preferidos.

-Estuve escuchando algunas de Kenny Garret, me contagiaste ese gusto casi obsesivo que tenés por el saxo.

Y tira el humo y se ríe, no, se ríe y escupe el humo, lo lanza, lo hecha de su boca como algo molesto, indecente de ese lugar sagrado, cosa fugaz, como casi todo lo que pasa por su boca, porque por su boca las cosas pasan para no quedarse, y esas cosas desean, desean en la lejanía al verla cerca en el recuerdo, o al renacerla, con suerte, en algún sueño, pero no es su boca, es la pesadilla de su boca que reclama un recuerdo.

Y por qué me decís que tu tía se fue y me mirás así, que se fue y va a volver de acá a unas horas, y destapás el wiskye, como antes, destapás el wiskye y me mirás y te reís y me das miedo, pero igual te abrazo porque de pronto estás llorando y me pedís perdón, tus manos se cruzan como dos ciegos por mi espalda, se reconocen por un instante y se separan, seguir de largo, dar dos, tres, veinte vueltas hasta acostarnos en la cama como ahora que me decís que no, que esta noche no haremos el amor, dejaremos que el amor nos haga; yo que recuerdo de dónde sacaste esas palabras porque yo también leo lo que vos leés, pero no me importa porque las palabras son porque salen de tu boca, tu boca que las crea en mis oídos que también besa, ahora que nos reímos despedazados, vivos y muertos de a partes, y fumamos, sabiendo que a tu tía le falta rato para volver, que en realidad esta noche no, esta noche adiós; y entonces dejamos que el amor nos rehaga, nos devuelva a este choque que me lanza a descifrarte lenta y desesperadamente en la oscuridad que borra nuestros cuerpos; y hay ese temor a no encontrarnos, a desdibujarnos del todo y volver a ser dos islas, por eso hoy no, por eso seguir dibujándonos en la oscuridad de tus sábanas, que recuerdan el lecho de un río.

-Sí tía, se fue.

-Una pena, porque compré un matambrito que tiene una pinta que no te das una idea. Mirá. Ya sabía que te iba a gustar, mi negrito… imagino que al menos la habrás acompañado a la parada del colectivo ¿no?

-Sí, tía, sí. Dijo que va a venir en unos días, no supo decir cuándo, pero para que no la extrañes te dejó un beso. Dejame a mí que haga el matambre, vos despreocupate y poné la radio que debería estar comenzando La venganza.

Así da gusto cocinar, no tanto que sea un matambre, sino que al fondo está Dolina, Rolón, Gillespie y Mactas, y más al fondo está Luz, pero igual eso no tanto, hoy no y mañana creo que tampoco ¿nunca? No sé. Ella me ve como a un monstruo. Probablemente no se equivoque tanto. Aunque hoy fue otra cosa, al final, porque al principio, madre mía… a propósito, me pregunto dónde mi madre y mi padre, dónde, preguntas que caen y caerán inevitablemente en búsquedas infructuosas, desesperación de siglos, manjares podridos y cosas así. No, mejor seguir concentrado en esto, correr las brazas un poquito más acá y estas otras más acá, ahí está el circulito como me enseñó Jose, lindas brazas che, qué bueno, buen carbón, buena madera, buena noche, buen vientito, lo justo para que el fuego prendiera como prendió ¿Qué hacer ahora? Platos puestos, tía sentada… ah, ahora esa maldita espera, el mejor tiempo perdido.

Quizá fue el tiempo el que movió las cosas de su lugar, el que cambió el color y el curso de las estrellas, aunque fueran solamente algunos meses y él continuara cazando mariposas, secretamente, para después intentar leer en sus alas un destino. Intento, siempre infructuoso, que terminaba con la liberación y un nuevo vuelo azul o amarillo o verde o rojo. De ellas había muchas, muchísimas. Hacía no mucho tiempo, la noticia de la muerte de Luz y Clarita en un accidente automovilístico, casi proféticamente había oscurecido su vida. Sólo conservaba una esperanza.

En un prado cerca de la casa de la tía –ahora su casa-, casi siempre por la tarde, bastaba ir corriendo para bañarse con miles de alas. Él reía al ver semejante espectáculo y con un brusco movimiento atrapaba dos o tres mariposas. Las tomaba una por una con un cuidado que sólo puede observarse en una madre para con su hijo, y trataba de encontrar en sus alas el destino que le estaba reservado. Hace tiempo, no mucho, no poco, aún podía vérselo correr por el campo rodeado de mil colores, quizá ignorante –como tantos otros- de la belleza que le daba al mundo con aquel teatro oculto, del que se podría argüir que nadie era testigo; pero desde hacía más bien poco, su vejez le obligaba a adoptar una técnica de caza más metódica y sigilosa, y aún con las precauciones tomadas para continuar con aquel místico ritual, ciertas enfermedades, dolencias y sentimientos que, podría decirse, van enlazados al tiempo y sus tempestades, lentamente lo separaron del mundo, mundo que acaso no era mucho más que esos momentos y algunos recuerdos, eso, su vida en los atardeceres.

Entre este momento y el que pasaré a relatar, sólo una o dos veces se lo pudo ver, ese andar confuso, moviendo inquisitivamente la cabeza hacia el suelo y el cielo como alternativas, rutas de escape o de ingreso a algo que corría por su mente y que estaba ahí afuera, algo que lo desesperaba y lo impulsaba a retornar, algo que el tiempo parecía no poder devorar enteramente, sólo las migas, el cuerpo comido a medias, entonces la dificultad, el vaso oscuro que se desborda. Así, la mano que se estira, simulando alcanzar los bordes de una estrella, se condenará perpetuamente a una oscura nitidez.

Y él –antes de dejar de mostrarse-, anciano ya, paseándose con un aire entre ausente y melancólico, acaso habrá recordado el tiempo circular con el que tanto se deleitan algunos, a lo mejor Marco Aurelio, Russell, Borges, sólo que esta vez una piedra, y entonces Sísifo, la tibieza de la piedra filosofal cayendo de sus manos inevitablemente, el retorno a la búsqueda, la inútil esperanza de un fin, el fácil recurso a la certeza de saberse coreado bajo formas que el Destino oculta.

Mas allá de lo que acaso pudo haber pensado, lo cierto es que hay quien cuenta que la última tarde en que se lo vio, regresaba llorando a su casa con una mariposa muerta entre sus manos.


Editorial Macedonio presenta a: Facundo Casas


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