jueves, 26 de agosto de 2010

Contratapa

Breve Biografía de Daniel Johnston

Daniel Johnston nació en 1961 en Sacramento (California). Es el menor de los 5 hijos de una familia muy cristiana. Empezó a dibujar a una edad muy temprana, mucho antes de iniciarse en la música. Le gustaban músicos como John Lennon, Yoko Ono, Bob Dylan, Elvis Costello, Queen, Neil Young, Sex Pistols y sobre todo los Beatles. “Cuando tenía 19 años, quería ser un Beatle” reconocía Johnston.

De adolescente, Daniel y sus amigos empezaron a grabar y a vender, entre ellos mismos, sus propias cassettes. Mientras estaba en paro asistía esporádicamente a clases de arte. Pasaba la mayor parte de su tiempo en el sótano de casa de sus padres, escribiendo y grabando canciones. Las cintas que grabó incluyen Songs of Pain y More Songs of Pain, ambas giran en torno a su amor no correspondido con Laurie la mujer que terminó casándose con un funerario.

El aspirante a dibujante de comics – cuyos dibujos decoraban todas las portadas de sus discos – se mudó a Texas en 1983. Fue entonces cuando Daniel comenzó a sufrir los primeros síntomas de su enfermedad mental. Se quedó un tiempo con su hermano en Houston y otro con su hermana en San Marcos, donde grabó, con una grabadora Sanyo de 59 $, dos de sus cintas más importantes Yip/Jump Music y Hi, How Are You, que son la quintaesencia de sus desesperados intentos de sacarse de la cabeza todas sus creaciones y ponerlas al alcance de los demás. Ver más en

http://www.taringa.net/posts/info/1364006/la-historia-de-Daniel-Johnston.html

Devil Town

I was living in a devil town

I didn't know it was a devil town

Oh lord it really brings me down about the devil town

All my friends were vampires

I didn't know they were vampires

It turns out I was a vampire myself in the devil town

I was living in a devil town

I didn't know it was a devil town

Oh lord it really brings me down about the devil town

All my friends were vampires

I didn't know they were vampires

It turns out I was a vampire myself in the devil town

I was living in a devil town

I didn't know it was a devil town

Oh lord it really brings me down about the devil town

About the devil town

I was living in a devil town

I didn't know it was a devil town

Oh lord it really brings me down about the devil town

Daniel Johnston

Taller Gráfico

Taller de Serigrafía.

E-mail: veintiunodoce@hotmail.com

Blog: veintiuno12.blogspot.com

Múltiples Joyces:

E-mail: multiplesjoyces@hotmail.com

Blog: multiplesjoyces.blogspot.com

domingo, 12 de octubre de 2008

Agustín Ferrara: Soy una cuenta Eventual

Soy una cuenta eventual. Transcurro de un pasillo a otro, entre carpetas y archivos buscando... acaso un tiempo para existir, un modo de permanecer. Caen las tardes dando lugar a cortas caminatas a casa, senderos pintados por el parque, cargados de plantas y baldosas que mis pasos ya conocen.

Hecho a andar al cuerpo en un viaje al interior de todo, de todas las cosas que me gustan como por un imán que me lleva una y otra vez a explorarlas, a entenderlas. El porque de las cosas el porque de la belleza, el porque de todo.

Hace días que no para de llover. Son las tardes mas lindas desde hace mucho, el olor que entra junto al viento por el pasillo, ese olorcito a lluvia a tierra mojada me gusta. Parece que todo se ve mejor, el verde césped, las hojas de los árboles, la piel quemada por el sol que ya no esta. Todo posee otro brillo, como si la gente fuera a todas partes con esa agüita en los ojos que hace que se vea linda. Ese brillo que sale cuando nos emocionamos cuando finalmente podemos detener el tiempo. Es mirar enamorados, vivir de ese destello permanentemente...Será posible que me haya enamorado perdidamente de la vida?

Pareciera que me conformo con poco, puede ser,... a esta altura no es necesario pedir más, muchas de las cosas que quise hacer están hechas es tiempo de detenerse un poco a disfrutar de todo.

Que daría como Verne por viajar al centro de la tierra. Buscar allí en todo lo presente el instante que se desvanece, que cambia constantemente. Y atraparlo para siempre inmortalizando su sentido, su aroma y no dejarlo jamás.

Cerrar los ojos me ayuda a verlo más claro...recordar la forma de algo con tan solo oler, oír...sentirlo. Armarme de mil sentidos para sentir, para dejar de mirar y comenzar a ver.

Y es así que me armo deshaciéndome todos los días un poco, y es así que me vuelvo nada perdiendo todos los días este poco de algo que una vez fue tanto...

editorial Macedonio presenta: Agustín Ferrara. Colección Call Center

domingo, 5 de octubre de 2008

Macedonio Fernandez: El Zapallo que se hizo cosmos

Érase un zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin remedios fue desarrollándose con el agua natural y la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida. Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático.

Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que sólo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosos raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya medía una legua de diámetro cuando llegaron los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.

Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele, porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a saberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas-, cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperación, hasta que se encuentren y se entredestryan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador, entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada. ¿Y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado.

Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del zapallo.

A medida que crece es más rápido su ritmo de dilación; no bien es una cosa ya es otra; no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla. Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta. Parece presentir que todavía el cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizá reservados desde su origen por si tuviera que luchar con otro mundo.

Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todocomodidad de vivir!! ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: "yo quiero apoderarme de todo el ‘stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia, llenar el espacio, y, tal vez, los espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único". Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Que puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos para su sosiego final. Apenas le faltan Australia y Polinesia.

Perros que no vivían más que quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que raramente llegaban a los cien… ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir…?, se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, cuando se siente inhábil o en inferioridad se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor, la Hiedra, inmortales? Y por sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos, con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.

Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna, Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello sin Muerte.

Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación. Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el ser, la realidad y su Cáscara.
(El Zapallo me ha permitido que para vosotros -querdios cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda y su historia.
Vivimos en ese mundo que todos sabíamos, pero todo en cáscara ahora, con relaciones sólo internas y, así, sin muerte.
Esto es mejor que antes.)

Macedonio Fernández, argentino (1874-1952)

editorial Macedonio presenta a: Macedonio Fernandez

sábado, 4 de octubre de 2008

Julio Cortázar: El perseguidor (Las armas secretas, 1959)

Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.
—El compañero Bruno es fiel como el mal aliento —ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.
—Hace rato que no nos veíamos —le he dicho a Johnny—. Un mes por lo menos.
—Tú no haces más que contar el tiempo —me ha contestado de mal humor—. El primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene razón, después de todo.
—¿Pero cómo has podido perderlo? —le he preguntado, sabiendo en el mismo momento que era justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.
—En el métro —ha dicho Johnny—. Para mayor seguridad lo había puesto debajo del asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las piernas, bien seguro.
—Se dio cuenta cuando estaba subiendo la escalera del hotel —ha dicho Dédée, con la voz un poco ronca—. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los del métro, a la policía.
Por el silencio siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido. Pero Johnny ha empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los dientes y de los labios.
—Algún pobre infeliz estará tratando de sacarle algún sonido —ha dicho—. Era uno de los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez había tocado en él, estaba completamente deformado por el lado del alma. Como aparato en sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a perder un Stradivarius con solamente afinarlo.
—¿Y no puedes conseguir otro?
—Es lo que estamos averiguando —ha dicho Dédée—. Parece que Rory Friend tiene uno. Lo malo es que el contrato de Johnny...
—El contrato —ha remedado Johnny—. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y se acabó, y no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están igual que yo.
Esto último no es cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a prestarle un instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en seguida. Ha perdido el saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres pedazos, pisoteándolo y golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando lo contrataron para una gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y a las flautas.
—¿Cuándo empiezas, Johnny?
—No sé. Hoy, creo, ¿eh, Dé?
—No, pasado mañana.
—Todo el mundo sabe las fechas menos yo —rezonga Johnny, tapándose hasta las orejas con la frazada—. Hubiera jurado que era esta noche, y que esta tarde había que ir a ensayar.
—Lo mismo da —ha dicho Dédée—. La cuestión es que no tienes saxo.
—¿Cómo lo mismo da? No es lo mismo. Pasado mañana es después de mañana, y mañana es mucho después de hoy. Y hoy mismo es bastante después de ahora, en que estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si me pudiera olvidar del tiempo y beber alguna cosa caliente.
—Ya va a hervir el agua, espera un poco.
—No me refería al calor por ebullición ha dicho Johnny. Entonces he sacado el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento. El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de venir a París, en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana”, y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”, y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho tiempo.
—Creo que llamaré al doctor Bernard —ha dicho Dédée, mirando de reojo a Johnny, que bebe su ron a pequeños sorbos—. Tienes fiebre, y no comes nada.
—El doctor Bernard es un triste idiota —ha dicho Johnny, lamiendo su vaso—. Me va a dar aspirinas, y después dirá que le gusta muchísimo el jazz, por ejemplo Ray Noble. Te das una idea, Bruno. Si tuviera el saxo lo recibiría con una música que lo haría bajar de vuelta los cuatro pisos con el culo en cada escalón.
—De todos modos no te hará mal tomarte las aspirinas —he dicho, mirando de reojo a Dédée—. Si quieres yo telefonearé al salir, así Dédée no tiene que bajar. Oye pero ese contrato... Si empiezas pasado mañana creo que se podrá hacer algo. También yo puedo tratar de sacarle un saxo a Rory Friend. Y en el peor de los casos... La cuestión es que vas a tener que andar con más cuidado, Johnny.
—Hoy no —ha dicho Johnny mirando el frasco de ron—. Mañana, cuando tenga el saxo. De manera que no hay por qué hablar de eso ahora. Bruno, cada vez que me doy mejor cuenta de que el tiempo... Yo creo que la música ayuda siempre a comprender un poco este asunto. Bueno, no a comprender porque la verdad es que no comprendo nada. Lo único que hago es darme cuenta de que hay algo. Como esos sueños, no es cierto, en que empiezas a sospecharte que todo se va a echar a perder, y tienes un poco de miedo por adelantado; pero al mismo tiempo no estás nada seguro, y a lo mejor todo se da vuelta como un panqueque y de repente estás acostado con una chica preciosa y todo es divinamente perfecto.
Dédée está lavando las tazas y los vasos en un rincón del cuarto. Me he dado cuenta de que ni siquiera tienen agua corriente en la pieza; veo una palangana con flores rosadas y una jofaina que me hace pensar en un animal embalsamado. Y Johnny sigue hablando con la boca tapada a medias por la frazada, y también él parece un embalsamado con las rodillas contra el mentón y su cara negra y lisa que el ron y la fiebre empiezan a humedecer poco a poco.
—He leído algunas cosas sobre todo eso, Bruno. Es muy raro, y en realidad tan difícil... Yo creo que la música ayuda, sabes. No a entender, porque en realidad no entiendo nada. —Se golpea la cabeza con el puño cerrado. La cabeza le suena como un coco.
—No hay nada aquí dentro, Bruno, lo que se dice nada. Esto no piensa ni entiende nada. Nunca me ha hecho falta, para decirte la verdad. Yo empiezo a entender de los ojos para abajo, y cuanto más abajo mejor entiendo. Pero no es realmente entender, en eso estoy de acuerdo.
—Te va a subir la fiebre —ha rezongado Dédée desde el fondo de la pieza.
—Oh, cállate. Es verdad, Bruno. Nunca he pensado en nada, solamente de golpe me doy cuenta de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad? ¿Qué gracia va a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es lo mismo que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente saco provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no aguanto. Ah, es difícil, es tan difícil.. ¿No ha quedado ni un trago?
Le he dado las últimas gotas de ron, justamente cuando Dédée volvía a encender la luz; ya casi no se veía en la pieza. Johnny está sudando, pero sigue envuelto en la frazada, y de cuando en cuando se estremece y hace crujir el sillón.
—Me di cuenta cuando era muy chico, casi en seguida de aprender a tocar el saxo. En mi casa había siempre un lío de todos los diablos, y no se hablaba más que de deudas, de hipotecas. ¿Tú sabes lo que es una hipoteca? Debe ser algo terrible, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes. Yo tenia trece años... pero ya has oído todo eso.
Vaya si lo he oído; vaya si he tratado de escribirlo bien y verídicamente en mi biografía de Johnny.
—Por eso en casa el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi sin comer. Y para colmo la religión, ah, eso no te lo puedes imaginar. Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves, entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con... bueno, con nosotros, por decirlo así.
Como hace rato que conozco las alucinaciones de Johnny, de todos los que hacen su misma vida, lo escucho atentamente pero sin preocuparme demasiado por lo que dice. Me pregunto en cambio cómo habrá conseguido la droga en París. Tendré que interrogar a Dédée, suprimir su posible complicidad. Johnny no va a poder resistir mucho más en ese estado. La droga y la miseria no saben andar juntas. Pienso en la música que se está perdiendo, en las docenas de grabaciones donde Johnny podría seguir dejando esa presencia, ese adelanto asombroso que tiene sobre cualquier otro músico. “Esto lo, estoy tocando mañana” se me llena de pronto de un sentido clarísimo, porque Johnny siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en este hoy que él salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música.
Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final. Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo... Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la gran lengua de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las manos hacen un dibujo en el aire.
—Bruno, si un día lo pudieras escribir... No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae... Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir asi. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mf no vas a decirme que en ese momento ese traje existe. El traje existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa-música-del-diablo.
Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.
—Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes, y dos pares de zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de nuevo los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta de que solamente caben un traje y un par de zapatos. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces. La música y lo que pienso cuando viajo en el métro.
—Cuándo viajas en el métro.
—Eh, sí, ahí está la cosa —ha dicho socorronamente Johnny—. El métro es un gran invento, Bruno. Viajando en el métro te das cuenta de todo lo que podría caber en la valija. A lo mejor no perdí el saxo en el métro, a lo mejor...
Se echa a reír, tose, y Dédée lo mira inquieta. Pero él hace gestos, se ríe y tose mezclando todo, sacudiéndose debajo de la frazada como un chimpancé. Le caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo.
—Mejor es no confundir las cosas —dice después de un rato—. Lo perdí y se acabó. Pero el métro me ha servido para darme cuenta del truco de la valija. Mira, esto de las cosas elásticas es muy raro, yo lo siento en todas partes. Todo es elástico, chico. Las cosas que pacecen duras tienen una elasticidad...
Piensa, concentrándose.
—...una elasticidad retardada —agrega sorprendentemente. Yo hago un gesto de admiración aprobatoria. Bravo, Johnny. El hombre que dice que no es capaz de pensar. Vaya con Johnny. Y ahora estoy realmente interesado por lo que va a decir, y él se da cuenta y me mira más socarronamente que nunca.
—¿Tú crees que podré conseguir otro saxo para tocar pasado mañana, Bruno?
—Sí, pero tendrás que tener cuidado.
—Claro, tendré que tener cuidado.
—Un contrato de un mes —explica la pobre Dédée—. Quince días en la boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Podríamos arreglarnos tan bien.
—Un contrato de un mes —remeda Johnny con grandes gestos—. La boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Be—bata—bop bop bop, chrrr. Lo que tiene es sed, una sed, una sed. Y unas ganas de fumar, de fumar. Sobre todo unas ganas de fumar.
Le ofrezco un paquete de Gauloises, aunque sé muy bien que está pensando en la droga. Ya es de noche, en el pasillo empieza un ir y venir de gente, diálogos en árabe, una canción. Dédée se ha marchado, probablemente a comprar alguna cosa para la cena. Siento la mano de Johnny en la rodilla.
—Es una buena chica, sabes. Pero me tiene harto. Hace rato que no la quiero, que no puedo sufrirla. Todavía me excita, a ratos, sabe hacer el amor como... —junta los dedos a la italiana—. Pero tengo que librarme de ella, volver a Nueva York. Sobre todo tengo que volver a Nueva York, Bruno.
—¿Para qué? Allá te estaba yendo peor que aquí. No me refiero al trabajo sino a tu vida misma. Aquí me parece que tienes más amigos.
—Si, estás tú y la marquesa, y los chicos del club... ¿Nunca hiciste el amor con la marquesa, Bruno?
—No.
—Bueno, es algo que... Pero yo te estaba hablando del métro, y no sé por qué cambiamos de tema. El métro es un gran invento, Bruno. Un día empecé a sentir algo en el métro, después me olvidé... Y entonces se repitió, dos o tres días después. Y al final me di cuenta. Es fácil de explicar, sabes, pero es fácil porque en realidad no es la verdadera explicación. La verdadera explicación sencillamente no se puede explicar. Tendrías que tomar el métro y esperar a que te ocurra, aunque me parece que eso solamente me ocurre a mí. Es un poco así, mira. ¿Pero de verdad nunca hiciste el amor con la marquesa? Le tienes que pedir que suba al taburete dorado que tiene en el rincón del dormitorio, al lado de una lámpara muy bonita, y entonces... Bah, ya está ésa de vuelta.
Dédée entra con un bulto, y mira a Johnny.
—Tienes más fiebre. Ya telefoneé al doctor, va a venir a las diez. Dice que te quedes tranquilo.
—Bueno, de acuerdo, pero antes le voy a contar lo del métro a Bruno. El otro día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja, después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. ¿Té das cuenta? Jim dice que todos somos iguales, que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos que sea así, la cuestión es que yo había tomado el métro en la estación de Saint—Michel y en seguida me puse a pensar en Lan y los chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el métro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar con ellos de una manera hermosísima, como hacia mucho que no sentía. Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo, para decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía cuando iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas cintas, un moño, una especie de adorno al costado y un cuello... No al mismo tiempo, sino que en realidad me estaba paseando alrededor del vestido de Lan y lo miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la de los chicos, y después mé acordé de Mike que vivía en la pieza de al lado, y cómo Mike me había contado la historia de unos caballos salvajes en Colorado, y él que trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como los domadores de caballos...
—Johnny —ha dicho Dédée desde su rincón.
—Fíjate que solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y viendo. ¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?
—No sé, pongamos unos dos minutos.
—Pongamos unos dos minutos —remeda Johnny—. Dos minutos y te he contado un pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos... Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de dos minutos, ¿eh, Bruno?
—Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora —le he dicho, riéndome.
—Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint-Germain-des-Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon.
Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny pero ahora, con su manera de mirarme, he sentido frío.
—Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa —ha dicho rencorosamente Johnny—. Y también por el del métro y el de mi reloj, malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora, eh, Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito ni una hojita —agrega como un chico que se excusa—. Y después me ha vuelto a suceder, ahora me empieza a suceder en todas partes. Pero —agrega astutamente— sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando...
Se tapa la cara con las manos y tiembla. Yo quisiera haberme ido ya, y no sé cómo hacer para despedirme sin que Johnny se resienta, porque es terriblemente susceptible con sus amigos. Si sigue así le va a hacer mal, por lo menos con Dédée no va a hablar de esas cosas.
—Bruno~si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia... Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio... Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Sonrío lo mejor que puedo, comprendiendo vagamente que tiene razón, pero que lo que él sospecha y lo que yo presiento de su sospecha se va a borrar como siempre apenas esté en la calle y me meta en mi vida de todos los días. En ese momento estoy seguro de que Johnny dice algo que no nace solamente de que está medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una especie de parodia que él convierte en una esperanza. Todo lo que Johnny me dice en momentos así (y hace más de cinco años que Johnny me dice y les dice a todos cosas parecidas) no se puede escuchar prometiéndose volver a pensarlo más tarde. Apenas se está en la calle, apenas es el recuerdo y no Johnny quien repite las palabras, todo se vuelve un fantaseo de la marihuana, un manotear monótono (por que hay otros que dicen cosas parecidas, a cada rato se sabe de testimonios parecidos) y después de la maravilla nace la irritación, y a mí por lo menos me pasa que siento como si Johnny me hubiera estado tomando el pelo. Pero esto ocurre siempre al otro día, no cuando Johnny me lo está diciendo, porque entonces siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o más bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo como un tronco metiéndole una cuña y martillando hasta el final. Y Johnny ya no tiene fuerzas para martillar nada, y yo ni siquiera sé qué martillo haría falta para meter una cuña que tampoco me imagino.
De manera que al final me he ido de la pieza, pero antes ha pasado una de esas cosas que tienen que pasar —ésa u otra parecida—, y es que cuando me estaba despidiendo de Dédée y le daba al espalda a Johnny he sentido que algo ocurría, lo he visto en los ojos de Dédée y me he vuelto rápidamente (porque a lo mejor le tengo un poco de miedo a Johnny, a este ángel que es como mi hermano, a este hermano que es como mi ángel) y he visto a Johnny que se ha quitado de golpe la frazada con que estaba envuelto, y lo he visto sentado en el sillón completamente desnudo, con las piernas levantadas y las rodillas junto al mentón, temblando pero riéndose, desnudo de arriba a abajo en el sillón mugriento.
—Empieza a hacer calor —ha dicho Johnny. Bruno, mira qué hermosa cicatriz tengo entre las costillas.
—Tápate —ha mandado Dédée, avergonzada y sin saber qué decir. Nos conocemos bastante y un hombre desnudo no es más que un hombre desnudo, pero de todos modos Dédée ha tenido vergüenza y yo no sabia cómo hacer para no dar la impresión de que lo que estaba haciendo Johnny me chocaba. Y él lo sabía y se ha reído con toda su bocaza, obscenamente manteniendo las piernas levantadas, el sexo colgándole al borde del sillón como un mono en el zoo, y la piel de los muslos con unas raras manchas que me han dado un asco infinito. Entonces Dédée ha agarrado la frazada y lo ha envuelto presurosa, mientras Johnny se reía y parecía muy feliz. Me he despedido vagamente, prometiendo volver al otro día, y Dédée me ha acompañado hasta el rellano, cerrando la puerta para que Johnny no oiga lo que va a decirme.
—Está así desde que volvimos de la gira por Bélgica. Había tocado tan bien en todas partes, y yo estaba tan contenta.
—Me pregunto de dónde habrá sacado la droga —he dicho, mirándola en los ojos.
—No sé. Ha estado bebiendo vino y coñac casi todo el tiempo. Pero también ha fumado, aunque menos que allá...
Allá es Baltimore y Nueva York, son los tres meses en el hospital psiquiátrico de Bellevue, y la larga temporada en Camarillo.
¿Realmente Johnny tocó bien en Bélgica, Dédée?
—Sí, Bruno, me parece que mejor que nunca. La gente estaba enloquecida, y los muchachos de la orquesta me lo dijeron muchas veces. De repente pasaban cosas raras, como siempre con Johnny, pero por suerte nunca delante del público. Yo creí... pero ya ve, ahora es peor que nunca.
¿Peor que en Nueva York? Usted no lo conoció en esos años.
Dédée no es tonta, pero a ninguna mujer le gusta que le hablen de su hombre cuando aún no estaba en su vida, aparte de que ahora tiene que aguantarlo y lo de antes no son más que palabras. No sé cómo decírselo, y ni siquiera le tengo plena confianza, pero al final me decido.
—Me imagino que se han quedado sin dinero.
—Tenemos ese contrato para empezar pasado mañana —ha dicho Dédée.
—¿Usted cree que va a poder grabar y presentarse en público?
—Oh, sí —ha dicho Dédée un poco sorprendida—. Johnny puede tocar mejor que nunca si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuestión es el saxo.
—Me voy a ocupar de eso. Aquí tiene, Dédée. Solamente que... Lo mejor sería que Johnny no lo supiera.
—Bruno...
Con un gesto, y empezando a bajar la escalera, he detenido las palabras imaginables, la gratitud inútil de Dédée. Separado de ella por cuatro o cinco peldaños me ha sido más fácil decírselo.
—Por nada del mundo tiene que fumar antes del primer concierto. Déjelo beber un poco pero no le dé dinero para lo otro.
Dédée no ha contestado nada; aunque he visto cómo sus manos doblaban y doblaban los billetes, hasta hacerlos desaparecer. Por lo menos tengo la seguridad de que Dédée no fuma. Su única complicidad puede nacer del miedo o del amor. Si Johnny se pone de rodillas, como lo he visto en Chicago, y le suplica llorando... Pero es un riesgo como tantos otros con Johnny, y por el momento habrá dinero para comer y para remedios. En la calle me he subido el cuello de la gabardina porque empezaba a lloviznar, y he respirado hasta que me dolieron los pulmones; me ha parecido que París olía a limpio, a pan caliente. Sólo ahora me he dado cuenta de cómo olía la pieza de Johnny, el cuerpo de Johnny sudando bajo la frazada. He entrado en un café para beber un coñac y lavarme la boca, quizá también la memoria que insiste e insiste en las palabras de Johnny, sus cuentos, su manera de ver lo que yo no veo y en el fondo no quiero ver. Me he puesto a pensar en pasado mañana y era como una tranquilidad, como un puente bien tendido del mostrador hacia adelante.

Los viajes de Gulliver Importaciones presenta a Julio Cortázar

Macedonio Fernandez: Poema al Astro de Luz Memorial

Poema a la Memoria en lo Astral

(Yo todo lo voy diciendo para matar la muerte en "Ella")

TESIS: Es más Cielo la Luna que el Cielo, si una Cordialidad de la Altura es lo que buscamos.

Astro terranalicio de la luz segunda
astro terranalicio de la luz dulce
que con aventura extraña visitas las noches de la tierra, unas sí y otras no, pero siempre de una noche para otra con diversa libertad de visita, siempre o más breve o más detenida
y cada serie de tus visitas comienzas tímidamente y mitad creces noche a noche y mitad decreces noche a noche, haciéndote un visitante diferente de noche en noche, para en mínimo ser cual comenzaste partir a un no volver de algunos días.
Astro terranalicio de un día sí y otro no, de una vez más y otra menos, pero que no dejas nunca de serlo.

¿Para qué astro eres entonces visita de sus noches, pues no eres terrenal en tus ciertas ausencias, o es que los otros días piensas en ti sola como sólo en la tierra en las noches de tu plena luz?
Dile a un poeta que no lo sabe todo, si está hecha tu ausencia con un pensar en ti, o quizá con un lucir a otro. Porque poeta es saberlo todo.
Trechos de tu órbita la tierra no los sabe, y ella tan cierta está de algún imposible tuyo para tenerse en sus noches y este amor alternante no se enduda, en tanto en mí, hombre de continuidad en humano amor me puso incurablemente en sospecha.
Pero te amamos tanto, astro de la luz segunda, tu dulce luz tanto amamos memorizando a la tierra el sol no presente con tu luzrecuerdo; yo al menos te amo tanto, que cuando vuelves ceso de creer en tu ausencia de ayer y de otros días. También como la tierra, yo creo que sólo por imposible ayer no estabas.

Astro memorioso que esmeras un día de cada dos en tocar de diurnidad la noche terrenal,
cual si supieras que la memoria solar de la tierra solaricia es desfalleciente de un día a otro alternado día
y si antes y después le has de hacer noches diurnales a la tierra
y lo haces tú, tú que no tienes olvido por ausencia, tú que ausente por noches fías en la memoria de ti por la tierra, inquiétaste por la memoria solar de la tierra.
Tutora de la fidelidad terrenal al recuerdo del sol, en eso eres solaricia; pero eres terranalicia en tu fidelidad de compañía a la órbita de la tierra.
He comprendido un misterio tuyo pero éste no.
Terranalicia tú, solaricia la tierra ¿es que velas por toda la memoria en el mundo y amas más las memorias, por más reales, que los presentes? Aquí callo sin comprender.

¿O es que no nos vienes en tu amor sino en un menos amor y en principal cuida del amor solario de la tierra?
Cuando te veo recién arribada, alcanzado por ti nuestro borde, pareciendo vacilar allí y como a emprender un rodar a lo largo del horizonte por gustarlo, y luego te pliegas a un ascenso ¿qué nos quieres decir así?
Quedemos sin saberlo hoy también; mañana, más tarde - para qué son nuestros días sino para trabajar más y otra vez los misterios - más enérgicamente, en buena hora de mi espíritu contemplaré, escucharé el misterio de tu sentido en el misterio todo.

Cuando tú quieres ser el ojo del ciprés y con un mirar obseso aferras nuestra contemplación
debemos comprenderte dolorida, tanto como cuando nosotros en un no poder ya resistir nos revolvemos como tú ahora
oh único astro que mira
(pues todos los otros saetan ásperos de chispas que nunca miraron).
Oh único astro de mirada,
nos revolvemos clamando hacia el no ser.
Y ya ahora te desprendiste del follaje y tiendes hacia el horizonte,
te serenas, vagas
y cuando la nubecilla en gran viento flota, te aguzas flecha disparada de ella vertiginosa
para detenerte, serenarte cunado huiste bastante de aquel pasajero copo al que le opusiste tu fuga, caprichosa triste
y complacida de tu juego y nuestro asombro, nos encaras con ligereza
y en fin vas cayendo con ladeado mirar distraído hacia el borde del mundo.
Y ya te fuiste, con tus pobres dichas y quejas.
En toda la andanza, sólo en el perfil de los cipreses lloraste, y tanto que pediste nuestra piedad.
Y ahora por faltar tuyo un cielo sin mirada en las noches,
ahora sólo habrá astros que agitan, no tú que acompañas.
Oh, sí, acompañas
con cuántas gracias saltas de copa en copa siguiéndonos entre los árboles con tus saltitos de luz a sombras.

El único mirar dulce que viene de lo alto es el tuyo
el chispear del viaje de indiferencia de las otras estrellas molesta y agita, y no nos mira.
Heridos de ellas, corremos a ti cuando apareces
y con dolor nuestro comienza la ausencia tuya.
Sí; porque pudiera que el móvil chispear de las estrellas sea dolor como hay dolor en nosotros
pero es que tú, luna, que también sufres, miras y acompañas.
Eres más sabia o afortunada en la mitigación participante.

Qué es la luna no lo sabemos hombres y aún artistas y poetas, qué sentido tiene su ser y sus modos, su adhesión a la tierra, su seguimiento al sol, su mediación mnemónica entre la tierra y el sol y por qué quiere hacer diurnales unas y no otras de las noches terrenas, y tantas cosas más, neciamente explicadas, que de ellas ignoramos pero que sólo puede explicarlas la doctrina del misterio.
Que el sol te atrae, que la tierra también, que recibes la luz del sol y sin amor, por fuerza la reflejas a la tierra, éstas no son explicaciones; no se nos dice por qué el sol brilla, por qué en torno suyo gira la luna en torno de la tierra, ya que pudo ser otramente; por qué hay una luz interceptable, por qué hay una luz que tiene sombras, por qué ceden a su paso unas cosas y otras no y hay lo opaco y lo traslúcido.
Mecánica dirá por qué, pero yo no pregunto sino para qué razón para el alma, pues conciencia se anula si admite un mundo rígido, y todo el porqué físico no es más que decirme el antes de algo, o sea una evasión no una respuesta.
Lo que anhelamos explicar es qué debemos sentir y adivinar ante estos hechos, ante el comportamiento lunar, qué nos quiere decir y de qué manera concierta con el misterio total único. La espontaneidad, el acontecer libre, no es una respuesta; es un renunciamiento explicativo.

Todavía no poeta, no soy poeta, no hay poeta, pues de esto no se sabe. Hasta ahora, pues, sólo vivimos.
Debió enseñarsenos y debimos entenderlo antes que nuestro saber ignorado innato y luego nuestro acto nos hicieran gustar por primera vez el pecho materno. ¿Pero cómo, se dirá, ha de esperar el niño a conocer el sentido de la luna para empezar a nutrirse, si en tanto morirá? ¿Pero por qué, digo yo, ha de precisar nutrirse antes de entender el sentido de la luna y se ha de morir si deja lo uno por lo otro? La ciencia nada explica, es evidente; pero el poeta no lo dijo nunca tampoco, aún.
Y yo miraré la próxima luna todavía sin entenderla.

Oh luna, que puede amarse, bien me pareces pobrecita del cielo.

(Poemas, 1953)

Editorial Macedonio presenta a Macedonio Fernandez

Los Viajes de Gulliver: Obras Originales



http://autordelasemana.uchile.cl/swift/gulliver.pdf

http://www.jaffebros.com/lee/gulliver/contents.html



Facundo Casas: El Cazador de Mariposas

A un gran amigo

Que no me conoce.

“Andamos por ahí sin destino ninguno.

Cuando cazamos la mariposa y leemos,

ahí sí, se nos asigna el destino que pesquemos,

lo cual se llama libre albedrío”

A. Dolina

Corría detrás de ellas, carrera precipitada en sentido contrario no obstante las apariencias. Algo desesperadamente contento bailaba en su cuerpo atormentado, en el dorso de sus manos de delfín que surcaban el aire que era como una nube para esa espalda disimulada, iceberg que insinúa su fuerza a través del disimulo; el palo en alto, amenazante, y una red cuidadosamente atada a él.

Permaneciendo entre los ocasos con el blasón de un héroe muerto, su pesada figura de gólem se arrastra, vuelve sus pasos hacia el cómodo imán de los mates, y la radio, y el silencio rellenado con lecturas de Cortázar y Shua y etc., y está su tía –que no es su tía- en la casa; y para qué decir más, ahora que se sienta mientras ella le alcanza un mate y siente el sabor doblemente amargo, recordando el día, más que un día, una repetición de momentos tejidos en las fisuras de su negación rotunda, aunque débil, a ser arrastrado a eso que se llama inercia, un dejarse llevar por el río mientras sin duda su piel se arruga como se está arrugando, se desertifica en ese vaivén constante de silencios.

No puede ser esto. Podría estar una vida así y acaso no llegaría a ningún lado. Pero adónde llegar, qué es esto de tener un fin, un lugar de descanso, una meta como una señorita que le coloca a uno la guirnalda por correr más rápido esos cien metros. Acaso se trate de correr más rápido, de llegar primero. No, debe ser algo así como romper la carrera volviéndose hacia atrás con una sonrisa que podría rozar la fragilidad del final y correr con los brazos en las piernas, las piernas en las brazos, perderse en la tribuna, ser uno más, ser, abolir momentáneamente la soledad, destituir esa reina venenosa del trono, hacer el amor con Cleopatra y terminar con una cuchillada en su corazón para beber un poco de ese veneno, y sólo ahí, quizá.

A este paso cualquiera podría sospechar que somos italianos. Otra vez fideos: Fideos, fideos, fideos, Agua, manteca, hervor, espera, lentitud agonía, fideos listos cocidos, sal, -más tarde porque la abuela anda mal de los riñones-, -aunque ahora la abuela no está así que sal antes y ahora: plato, cubiertos, fideos, queso rallado y a comer. A comer viendo alguna película, tal vez hoy pasen Vainilla Sky, o Eterno resplandor de una mente… qué película Eterno etc., con esas estúpida necesidad de querer borrar al otro de la memoria, esa realidad nacida del mismo recuerdo, una experiencia inmóvil, pasado creado a partir del pasado. Interesante, pero criminal. Ver en el olvido una solución no deja de ser otra cosa que el desinterés, que una soledad tanto más pronunciada cuanto más vacío, cuanto menos lleno de heridas que son también agujeros, pero de una naturaleza claramente distinta, no agujeros como los de ese pobre soldado que hacen cambiar el canal a Clarita, enteramente escandalizada con las cosas que se ven hoy en día, con el cable que está cada vez más caro y más amarillista –y también más verde-, y los impuestos y el perro que por qué no se calla, que dejá de ladrar chicho que quiero escuchar las noticias, y los brazos de tía Clarita que aprietan como un enorme oso polar lleno de frío, que tirita porque se murió no sé quien, y yo que no sé cómo tranquilizarla aunque le traigo un té que dice chá preto, y te va a hacer bien tía, no te preocupes.

¿Y esto? Lugar curioso es este. La casa de madera se alzaba monstruosamente delante de él. Las maderas desprendidas, la puerta pintada naranja pálido por la herrumbre, intentando escapar de sus goznes, daban toda la impresión de una dejadez casi total. Eso, casi una versión disfrazada de la torre de pizza, aunque sin su fama, sin toda esa innecesaria indumentaria artificial de que se rodea a los monumentos y obras que mayoritariamente no pasan de ser reproducciones vulgares de un estado de cosas que muere junto a otro que nace o lo discute. Entre tanta ruina, tallada en la madera, el dibujo de una mariposa.

No se sorprendió demasiado al despertarse bañado en transpiración, reconociendo en esa cama pobremente acolchada, su cama; en el piso de mosaicos sucios, su piso; en las paredes escritas, esas paredes que intentan salvar de su encierro las palabras de algunos autores, sus paredes, y, por qué no, sus palabras.

Clarita, el trapo frío, la pieza; otra vez me dirá que me picó uno de esos mosquitos de porquería y se pondrá a despotricar contra cuanta cosa se le venga a la cabeza, cosa que casi siempre coincide con el Estado, la economía, los cigarrillos –quién sabe las oscuras razones por las que estarán siempre presentes- y claro está, los jóvenes de hoy en día. Por lo demás, es bastante probable que me haya picado un mosquito aunque por más odio que les tenga, no podría juzgarlos tan severamente como ella, pobres bichos, dudo que tengan la culpa de algo, ellos pican, como nosotros comemos o tenemos sexo, qué se le va a hacer.

Curiosos los sueños que tengo, bah, las pesadillas. Clarita lo ve sonreír con los ojos entreabiertos, me mira sin saber que estoy pensando que quizá sería bueno escribir mis pesadillas - sueños. Y es que no sé si deba entenderlos de este modo, pero mis sueños bien podrían llamarse pesadillas, es su lugar común, su cotidianeidad, su muerte silenciosa, paso dado en la luces oscuras de alguna noche que no logro recordar. Mis sueños han quedado oscuramente sepultados. La pesadilla –mis únicos sueños y por eso, mis no sueños en un plano como aparte, como lejano-, sueño mutilado, charla con el diablo, pacto cerrado en algún hemistiquio oscuro, que es como un vacío de símbolos trazados con la sangre de una bruja; nightmare, la yegua de la noche, como aquella pesadilla –aquel sueño- en la que una mujer pálida y desconocida me cortaba, especie de ritual que la convocaba a grabar en mi rostro breves trazos rojos, mujer que me confinaba esclavo a unos límites que eran ella misma.

Qué atávicas uniones habrá entre el fuego y el infierno, de dónde nos vendrá este vínculo tan figurativo, cuestión que probablemente nos haga olvidar lo trascendental que hay detrás de todo; cosas estas que pueden ser rescatadas a través de una sensación como esta que produce la fiebre y huye de la sensación misma, dejando un espacio para la compresión intermedia de puntos que se unen en la distancia, este estar vacío, si en el recuerdo que tengo de sus pasos livianos encuentro el miedo a los terremotos, a que con uno o dos pasos suyos, un leve roce, los cimientos que sostiene un atlas olvidado se estremezcan y se vaya todo al carajo; y entonces clamar por que -como a Girondo- la cama me trague, me pretenda, como me pretende, me traga, me expulsa.

No conforme con eso me regala imágenes de camas rotas de cansancio, de potenciales mares de sexo, de paredes acolchadas y escritas en mil lenguas –en una-, principios demasiado grandes para mis manos que se desesperan con tintas y plumas, imágenes esas de las que los sueños deberían adueñarse, haciéndolas más blandas, más masticables y difusas, y sin embargo nada de eso sucede, sufra en la cama, húndase y quémese, sin hundirse y quemarse del todo, así, así, muy bien, que dentro de un ratito lo tenemos bien cocido y lo podemos comer con aderezos ¿ve?

37, ya estás mejor. Pero si serás, dónde habrás estado. Ahí tenés por andar dando vueltas todo el día quién sabe dónde. Seguro que fue un mosquito.

Ya está, ahí empieza la eterna perorata de los mosquitos y etcs., y yo cada vez más aburrido de oír esta repetición, como esos días… pero basta, le demos a tía clarita un beso así de gordo, qué bueno, ya se le pasó un poco el enojo y encima dice que va a cocinar rico pero sano… combinación magistralmente difícil de lograr

No, no podés salir.

Porque te tengo una sorpresa.

Ah, eso es imposible. Tendrás que esperar para conocerla.

Sí, ya sé, podría haberme quedado callada, pero ya me conocés, algo te tenía que adelantar.

No es que la sorpresa no me gusta, no es que tenga nada contra ella. Pero Luz, mirame, mirame a los ojos, nota lo que los demás no, como siempre, que quiero estar solo, por favor. No, mejor quedate, así está bien, ahora te dejas caer con esa forma tan tuya de echarte en los sillones, las piernas por un lado, la cabeza siempre en algo que está mucho más allá de donde yo puedo llegar.

Pobrecito, ahí acostadito, enfermito, en piyamas

¿De que se ríe, de qué se ríe? Me podés decir de qué te reís.

De nada tonto, de nada, sólo que te queda muy gracioso el pijamas. Lunares blancos y la tela celeste. Ay, pero si le queda tan bonito, ni que fuera un cielo de día con estrellas.

Quién las entiende a ustedes… ¿no me vas a dar un abrazo?, mirá que no es contagioso, tanto tiempo lejanos.

Y sí… siempre ahí, en la lejanía, si es el único lugar donde puedo estar con vos. Igual que esos lunares, estoy cosida; pintada como una, como mil, como esas estrellas que tenés por todo el cuerpo, pero lejana –como acabás de decir-, como esas mismas estrellas. En la lejanía ni me notás, ni me ves, auque todo eso se borra con cosas tan simples como este abrazo que nos estamos dando, sentir esta constelación que late en tu pecho, esas estrellas que inocentemente te regalé sin saber que ahora pensaría en robártelas, desalunarte, desestrellarte, y así recuperar algo en tanta ausencia que se siente pesada y lenta como una mandíbula de tortuga. Seré una hija de puta pero ¿no ves que quedaste lleno de estrellas y yo agujereada? ¿Que mi cielo no tiene lunares estrellas blancas como el tuyo? Estoy apuñalada, desbordada de estrellas negras. Si supieras las cataratas estelares que nacen de ellas que desbordan desbordándose a sí mismas, que ese techo monstruosamente lejano y destruido, es lo que queda de lo que alguna vez, quizá, existió. Imposible que lo sepas, que al menos lo intuyas. Quizá ya ni recuerdes cuando me dijiste que, y la cama y tu cuerpo tan, frágil, tan, desnudo, y ante mi incredulidad, la negación repentina y terminante; entonces ahora entendeme, ahora este verte de nuevo después de nunca. Además me tenés lástima, se te nota en los ojos, te odio porque me mirás así aunque quiero que me mires así; aunque no, no soy tu perrito, ni nada, me voy, no te puedo más. Me voy, sabés, me dio un no se qué, creo que me entendés, mejor me voy.

Luz, esperá, quedate… pensás que no me doy cuenta por qué me mirás así sin decir nada. Lo de la otra vez fue un error, una situación propiamente de mierda, tratá de entenderme, no te pido que no te enojes, solamente quedate, quizá el silencio, o la música, a lo mejor esas cosas nos hacen vernos de nuevo.

Ah, llegó la hora poética, que se guarde esa porquerías para sus poemas o lo que sean, y que no me las tire en la cara, ¿no es evidente que amo eso de vos y que por eso mismo lo detesto? Que se lo ahorre, que se calle.

-Miren lo que les traje, café con tostadas y medialunas. ¿Qué tal?.

-Muchas gracias clari.

-Como siempre, ustedes dos un coro. ¿No quieren nada más? Bueno, no los jodo más.

Me mira y se ríe, como antes, siempre dejando ese vestigio de gozo, esa sentencia declarada en el aire y en silencio, como si el chiste que acabo de hacer, las palabras que acabo de decir, ya hubiesen estado escritas en alguno de sus papeles y él sólo se encargara de confirmarlas.

-Che y ¿eso es?...

-Chet Baker y Gerry Mulligan

Él fuma un cigarrillo, siempre fuma un cigarrillo. Se lo intento quitar pero me esquiva con una sonrisa rápida. Me mira, con el cigarrillo pegado a su boca, consumiéndose dócilmente en su boca, esa boca que espera, esa boca que me hace pensar que ahí se nace y se muere, que en esa brecha breve hay espacio para el tiempo fuera del tiempo.

-Es K-4 Pacific, quizá uno de mis preferidos.

-Estuve escuchando algunas de Kenny Garret, me contagiaste ese gusto casi obsesivo que tenés por el saxo.

Y tira el humo y se ríe, no, se ríe y escupe el humo, lo lanza, lo hecha de su boca como algo molesto, indecente de ese lugar sagrado, cosa fugaz, como casi todo lo que pasa por su boca, porque por su boca las cosas pasan para no quedarse, y esas cosas desean, desean en la lejanía al verla cerca en el recuerdo, o al renacerla, con suerte, en algún sueño, pero no es su boca, es la pesadilla de su boca que reclama un recuerdo.

Y por qué me decís que tu tía se fue y me mirás así, que se fue y va a volver de acá a unas horas, y destapás el wiskye, como antes, destapás el wiskye y me mirás y te reís y me das miedo, pero igual te abrazo porque de pronto estás llorando y me pedís perdón, tus manos se cruzan como dos ciegos por mi espalda, se reconocen por un instante y se separan, seguir de largo, dar dos, tres, veinte vueltas hasta acostarnos en la cama como ahora que me decís que no, que esta noche no haremos el amor, dejaremos que el amor nos haga; yo que recuerdo de dónde sacaste esas palabras porque yo también leo lo que vos leés, pero no me importa porque las palabras son porque salen de tu boca, tu boca que las crea en mis oídos que también besa, ahora que nos reímos despedazados, vivos y muertos de a partes, y fumamos, sabiendo que a tu tía le falta rato para volver, que en realidad esta noche no, esta noche adiós; y entonces dejamos que el amor nos rehaga, nos devuelva a este choque que me lanza a descifrarte lenta y desesperadamente en la oscuridad que borra nuestros cuerpos; y hay ese temor a no encontrarnos, a desdibujarnos del todo y volver a ser dos islas, por eso hoy no, por eso seguir dibujándonos en la oscuridad de tus sábanas, que recuerdan el lecho de un río.

-Sí tía, se fue.

-Una pena, porque compré un matambrito que tiene una pinta que no te das una idea. Mirá. Ya sabía que te iba a gustar, mi negrito… imagino que al menos la habrás acompañado a la parada del colectivo ¿no?

-Sí, tía, sí. Dijo que va a venir en unos días, no supo decir cuándo, pero para que no la extrañes te dejó un beso. Dejame a mí que haga el matambre, vos despreocupate y poné la radio que debería estar comenzando La venganza.

Así da gusto cocinar, no tanto que sea un matambre, sino que al fondo está Dolina, Rolón, Gillespie y Mactas, y más al fondo está Luz, pero igual eso no tanto, hoy no y mañana creo que tampoco ¿nunca? No sé. Ella me ve como a un monstruo. Probablemente no se equivoque tanto. Aunque hoy fue otra cosa, al final, porque al principio, madre mía… a propósito, me pregunto dónde mi madre y mi padre, dónde, preguntas que caen y caerán inevitablemente en búsquedas infructuosas, desesperación de siglos, manjares podridos y cosas así. No, mejor seguir concentrado en esto, correr las brazas un poquito más acá y estas otras más acá, ahí está el circulito como me enseñó Jose, lindas brazas che, qué bueno, buen carbón, buena madera, buena noche, buen vientito, lo justo para que el fuego prendiera como prendió ¿Qué hacer ahora? Platos puestos, tía sentada… ah, ahora esa maldita espera, el mejor tiempo perdido.

Quizá fue el tiempo el que movió las cosas de su lugar, el que cambió el color y el curso de las estrellas, aunque fueran solamente algunos meses y él continuara cazando mariposas, secretamente, para después intentar leer en sus alas un destino. Intento, siempre infructuoso, que terminaba con la liberación y un nuevo vuelo azul o amarillo o verde o rojo. De ellas había muchas, muchísimas. Hacía no mucho tiempo, la noticia de la muerte de Luz y Clarita en un accidente automovilístico, casi proféticamente había oscurecido su vida. Sólo conservaba una esperanza.

En un prado cerca de la casa de la tía –ahora su casa-, casi siempre por la tarde, bastaba ir corriendo para bañarse con miles de alas. Él reía al ver semejante espectáculo y con un brusco movimiento atrapaba dos o tres mariposas. Las tomaba una por una con un cuidado que sólo puede observarse en una madre para con su hijo, y trataba de encontrar en sus alas el destino que le estaba reservado. Hace tiempo, no mucho, no poco, aún podía vérselo correr por el campo rodeado de mil colores, quizá ignorante –como tantos otros- de la belleza que le daba al mundo con aquel teatro oculto, del que se podría argüir que nadie era testigo; pero desde hacía más bien poco, su vejez le obligaba a adoptar una técnica de caza más metódica y sigilosa, y aún con las precauciones tomadas para continuar con aquel místico ritual, ciertas enfermedades, dolencias y sentimientos que, podría decirse, van enlazados al tiempo y sus tempestades, lentamente lo separaron del mundo, mundo que acaso no era mucho más que esos momentos y algunos recuerdos, eso, su vida en los atardeceres.

Entre este momento y el que pasaré a relatar, sólo una o dos veces se lo pudo ver, ese andar confuso, moviendo inquisitivamente la cabeza hacia el suelo y el cielo como alternativas, rutas de escape o de ingreso a algo que corría por su mente y que estaba ahí afuera, algo que lo desesperaba y lo impulsaba a retornar, algo que el tiempo parecía no poder devorar enteramente, sólo las migas, el cuerpo comido a medias, entonces la dificultad, el vaso oscuro que se desborda. Así, la mano que se estira, simulando alcanzar los bordes de una estrella, se condenará perpetuamente a una oscura nitidez.

Y él –antes de dejar de mostrarse-, anciano ya, paseándose con un aire entre ausente y melancólico, acaso habrá recordado el tiempo circular con el que tanto se deleitan algunos, a lo mejor Marco Aurelio, Russell, Borges, sólo que esta vez una piedra, y entonces Sísifo, la tibieza de la piedra filosofal cayendo de sus manos inevitablemente, el retorno a la búsqueda, la inútil esperanza de un fin, el fácil recurso a la certeza de saberse coreado bajo formas que el Destino oculta.

Mas allá de lo que acaso pudo haber pensado, lo cierto es que hay quien cuenta que la última tarde en que se lo vio, regresaba llorando a su casa con una mariposa muerta entre sus manos.


Editorial Macedonio presenta a: Facundo Casas