“No oyeron hablar de aquel loco que, en pleno día, corría por la plaza pública con una linterna encendida en la mano, gritando sin cesar: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios! Como estaban presentes muchos que no creían en Dios sus gritos provocaron risas – ¿se te ha perdido? decía uno – ¿se ha extraviado como un niño? preguntaba otro – ¿Se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha ido de viaje? ¿Ha emigrado? Así se gritaban los unos a los otros. El loco saltó en medio de todos y los atravesó con la mirada: ¿Donde está Dios? Se los voy a decir. Nosotros lo hemos matado, ¡ustedes y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos! Pero, ¿como hemos podido hacerlo? ¿Como pudimos bebernos el mar en un solo trago? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hacíamos al desprender la tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Lejos de todos los soles? ¿Caemos sin cesar? [...]¿Flotamos en una nada infinita? [...]¿No oyen el rumor de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la descomposición divina? ¡Porque los dioses también se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos asesinado! ¿Cómo podremos consolarnos, nosotros, asesinos entre asesinos? Lo más sagrado, lo más poderoso que había hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa sangre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué ceremonias sagradas tendremos que inventar? ¿La grandeza de ese acto no es demasiado grande para nosotros? ¿Tendremos que convertirnos en Dioses o, al menos, parecer dignos de ellos? Jamás hubo acción más grandiosa. Y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada de lo que fue historia alguna”
Fórmulas del Ateísmo
La posibilidad de comenzar a partir de la palabra del otro, aquella que precede, que antecede al sujeto. Tomarla prestada finalmente para alejarnos cada vez mas de aquel texto que se quiere escribir pero que contrariamente se construye en la medida que se sale o intenta salir.[1]
“...la palabra Dios ha muerto significa: el mundo suprasensible no tiene eficacia. No prodiga vida. La metafísica, es decir, para Nietzsche, la filosofía occidental entendida como platonismo ha llegado a su fin”.[2]
El sujeto de la invención, el sujeto del Erfindung, es el que sin pasado y sin dios que lo reconozca, es decir: que le permita reconocerse y lo sitúe en armonía con la naturaleza, es sujeto para un fin, es sujeto por autofinalidad (modelo helenístico)[3], para y desde una nueva y discontinua pero continua invención, se recrea a sí mismo y a su relación con los objetos. No existe sujeto histórico, sino un sujeto que crea y se crea en un siglo XIX y otro que hace lo mismo en un siglo XX; sin embargo los siglos no son los mismos y los sujetos tampoco. Entonces: ¿Dónde está el sujeto?
“No podemos pensar la finalidad que debe establecerse en la base de nuestro conocimiento de la posibilidad de muchas cosas naturales mas que representándonoslas a ellas y al mundo entero en general como obra de una causa inteligente (de un Dios)”.[4]
En su fórmula atea cuando Nietzsche dice: “Dios ha muerto”, mata a este Dios que más allá de lo teológico estrictamente es incapaz de sostenerse a falta de probar fehacientemente su existencia o inexistencia. Entonces Nietzsche va a decir: Si ya no hay quien sostenga y permita una armonía que anteceda al sujeto con relación a los objetos de la naturaleza, es que este sujeto deberá lanzarse hacia ellos en una búsqueda de la misma, sin dios y referente, sin saber ni conocimiento, constituyéndose sujeto para un fin que se apropie de diferentes maneras de estos objetos en una discontinuidad épica pero dentro de una continuidad histórica, eternamente.
Lacan, al contrario, revela que el verdadero ateísmo implica reconocer que Dios no es sino una creación humana, una solicitud de infinitud por parte de un ser finito, una esperanza vana. Sin embargo, Lacan no puede dejar de reconocer que tal esperanza, en su desgarramiento, ha sido la fuente de nuestra mejor poesía.
El Nombre-del-Padre
Como fórmula atea la expresión nietzscheana “Dios ha muerto” va a sostener no cualquier falta. Es la falta de garante en una sociedad con el objeto, es la muerte de quien mantenía un orden preexistente. Así de esta manera dejará vislumbrar que aquello que muerto necesariamente, antes debería haber vivido. Es claro que si bien es cierto que no puede finalmente llamársele atea, si puede llamársele hereje, pues vuelve a las fuentes del pensamiento cristiano, recuerda lo que para ellos es un hecho, que Cristo murió...aunque resucitó al tercer día. Nietzsche escande, detiene el tiempo de la frase para hacer alusión al hecho de que los hombres lo mataron.
Así vamos a llegar al punto que nos acerca cada vez a la cuestión de Dios y su existencia. Nietzsche se apresurara a de Decir que Dios está muerto sosteniendo la ausencia del mismo en el socorro del hijo: “Eli, Eli lamma sabacthani” del cristo crucificado, “¿Señor porque me has abandonado?” Un padre que deja crucificar a su hijo. Pero en el intento de matarlo introduce al padre muerto del neurótico. “El Dios está muerto” de Nietzsche permite entonces, dice Lacan en ese pasaje, salvar al padre matándolo, un Poco como Freud, mientras es el hijo el que paga. El Nombre de Dios deniega entonces el Nombre-del-Padre.[5] “Así el padre, el Nombre-del-Padre sostiene la estructura del deseo junto con la de la ley – pero la herencia del padre, Kierkegaard nos la designa: es su pecado.”[6] De esta manera y anticipándonos un poco diremos que este: “Dios ha muerto” bien podría ser el abrigo que se encuentra ante la amenaza de castración”[7]
Ahora bien y adentrándonos precisamente en la conceptualización de este dios[8] en este mundo: el del Nombre-del-Padre, y en relación a lo antes dicho:
“El Nombre-del-Padre, encontrado tempranamente en la doctrina como representando
Por otra parte y sin perder de lado la ajustada diferenciación con esta conceptualización diremos: “Su función se acrecienta diríase en la doctrina hasta ocupar un lugar privilegiado, exorbitante en el nudo borromeo.”
“[El Nombre-del-Padre es como la respuesta a lo que correspondería en esta doctrina a la pregunta radical de Leibniz: ¿por qué hay algo y no más bien la nada?”
Respuesta: no hay nada, esta el nudo.
El Nombre-del-Padre es el nudo. “Para demostrar que el Nombre-del-Padre no es nada más que ese nudo, no hay otro modo de hacerlo más que suponer desanudados los redondeles”[11].
Es aquí donde se produce el giro lacaniano. Es aquí claramente que frente a frente ambos dioses se ven a los ojos y presentan el nuevo panorama. Si se quiere el Nombre de Dios, el dios muerto que deniega entonces en Nombre del padre [en torno a la afirmación de la fórmula atea del Dios ha muerto de Nietzsche] y por otro lado el dios Inconciente de lacan que permite un hacer de la nada. Aunque como veremos ambos sean inconcientes.[12]
No basta con matar al padre, es necesario un hacer. No es simplemente lo que deniega aquello que ocupa lugar y que causa al sujeto sino aquello que además de estar allí haciendo hablar bordea al agujero. Al señalar Lacan, la fuente inconciente del pensamiento sobre la divinidad en este sentido, hace de dios un concepto, una idea. No niega la existencia de la divinidad, simplemente la redefine como una concepción, un síntoma humano, uno que el hombre requiere para que su estúpida existencia encuentre un soporte, para que su narcisismo no se pierda en el vacío.
En este punto podremos explayarnos más sobre esta cuestión de los dos dioses. Por un lado el dios que alude y acude incesantemente al dios de los creyentes, del que extraen éstos su fe; de ciertas escrituras consideradas como sagradas y como Revelación de una existencia trascendental. De un razonamiento filosófico en donde dios resulta ser una abstracción de todo cuanto hay en el universo o de una experiencia personal, intransferible e incomunicable, la llamada “experiencia mística”, sentida por muchos a lo largo de la historia y fuente del llamado “sentimiento oceánico” al que Freud dedicó las primeras páginas de El malestar en la cultura; y, por otra parte, el otro Dios, no de la presencia sino la de la ausencia, no algo que radica o puede expresarse por medio de la palabra, sino una ex-sistencia ajena al lenguaje y a toda palabra, fuera del semblante (“Soy el que soy”), como un absoluto sin sentido, como la palabra final que, si algo revela, es la inutilidad de toda pregunta acerca del por qué y del para qué del universo, de la vida, de la humanidad, del espíritu y del sentido, incluso la inutilidad de toda pregunta y de toda respuesta acerca de Dios mismo.
En este punto, es muy difícil esclarecer la diferencia entre una teología negativa, que proclama que todo lo que puede decirse de Dios [habrá de expresarse mediante proposiciones negativas, es decir, referidas a lo que Dios no es, puesto que toda afirmación acerca de Su Ser cae presa del sentido y es, por tanto, expresión de lo indecible; y, por otro lado, la ateología, en la que se rechaza toda existencia divina y, con ella, todo Sentido trascendente. Dios es el no-todo que [el cristianismo] tuvo el mérito de distinguir, rehusándose a confundirlo con la imbécil idea del Universo. Y es ciertamente así que puede identificársele como eso a lo que ninguna ex-sistencia le es permitida pues es el agujero en tanto que tal. Por eso la fórmula lacaniana, atea si la hay, no es una negación de la existencia de Dios sino una afirmación de su oquedad, de su ausencia en todo decir. En apretadísima síntesis: “Dios es inconsciente”. No hay un Dios que no existe, forma teísta del ateísmo, sino un hoyo inherente a todo decir al que se suele rellenar con el nombre de Dios y al que se alude con la producción de sentido, ... mientras, como dice Nietzsche, “... continuemos creyendo en la gramática”.
Con ánimo de desandar aun más la cuestión de los dos dioses sería justo precisar en cuanto refiere finalmente a cada uno de ellos el lugar por sobretodo que ocupan para el sujeto.
Antes de avanzar mucho más diremos por supuesto que hay sujeto del inconsciente como efecto del significante en el ser hablante, “queremos decir que el desfile de los significantes a través nuestro, hace de nosotros una constante, un cero, una falta, una falta-pilar que va a sostener precisamente toda la cadena.”[13]
Para Frege hay que empezar contando desde acá. La nada ocupa un lugar, no existe pero se escribe, tiene existencia lógica. El 0 es el número asignado a un concepto no idéntico a si mismo. Es un número que positiviza la falta, se escribe ese vacío.
De este modo y acudiendo una vez más al dios ha muerto de Nietzsche diremos que como efecto del trabajo, del corte de este dios sobre la cadena, [cadena impregnada de sentido pero disgregada en cuanto impone la búsqueda constante de un elemento que se evoca pero que nuca llega] tendremos al sujeto. Será allí en la falla, en el desencuentro (o lo que es mejor) en el encuentro fallido entre significantes causados por este primer dios (con minúscula) que veremos aparecer y desaparecer al sujeto del lenguaje. En el que en un intento de atrapar a este dios quedara preso por el lenguaje en un verdadero intento por salir de él.
Ahondando un poco más y sobre el final; en relación al funcionamiento en el lenguaje y para el sujeto, de este primer dios[14], diremos que el sujeto del lenguaje, causado y ordenado por este significante primario Nombre-del-Padre se lanzará en una búsqueda de sentido en un movimiento circular propio del automatón en búsqueda de lo que allí se sostiene como falta y hará girar o mejor dicha quedará girando dentro de la cadena. Entiéndase ahora sí porque ambos dioses son inconcientes.
Sentido en el orden, sujeto que deberá advenir allí en el encuentro con lo real pero que hasta allí vendrá acompañando a la cadena en cada eco, por debajo. Sujeto divido sujeto de la castración que sostendrá este dios como sostiene la falta, como sostiene la misma la ley que lo divide y que gracias a todo esto puede hablar. ¿Para qué? …para desaparecer una vez más.
Así el sujeto es inscripto en la lógica del Nombre-del-Padre en cuanto le hace hablar y a partir de esta operación el sujeto hecha andar los significantes que ora por el sentido del automatón o de la sorpresa en la tyche empapan de sustancia al mismo y le asignan un estilo. Un discurso.
Llegamos de esta manera y habiendo conceptualizado a este primer dios en vías de lo inconciente sean cuales fueren sus vertientes, a la apuesta mayor al Dios con mayúscula.
Dios que claramente se viene vislumbrando no en contraposición sino como alternativa necesaria a la causal del Sujeto no ya como sujeto dividido. Estamos hablando ya si se quiere fuera de la lógica de Nombre-del-Padre o lo que es mejor dentro de una segunda metáfora paterna[15]; en cuanto nos remite aún a la esencia de la función paterna que queda concentrada allí. La extracción de un goce.[16]
Nos acercamos ahora justamente a lo que queda por fuera, a lo que no se puede nombrar.
Este Dios con mayúscula casualmente es el innombrable. “En tanto que tal no existe: aquello a lo cual ninguna existencia le está permitida”… “El agujero sin nombre”[17]
Pero así y todo fuera de esta lógica o dentro de esta segunda metáfora paterna es la que posibilita. Es a partir de esto que no se pueda pensar solo un dios sino necesariamente debamos pensarlo como dos. Si se me permite esta sería la paradoja. Dice Françoise Regnault: “… Dios es el innombrable…” “… pero acabamos ya de nombrarlo, aunque más no sea con ningún nombre: (los judíos) han explicado bien lo que ellos llaman el Padre. Lo meten en un punto del agujero que no podemos siquiera imaginar. Soy el que soy, eso es un agujero, ¿no? Un agujero (…) eso engulle y luego hay momentos en que eso vuelve a escupir. ¿Escupir qué? El nombre, el Padre como nombre.”[18] Así finalmente dirá a propósito sobre esta división y sobre la función en sí de estos dos dioses a partir del agujero: “la distribución de la función de la existencia según el agujero, luego según lo real (o el nombre) transforma a este Dios en no-todo, como lo hemos dicho, y separan al mismo tiempo el dios de la religión (“el verdadero”) de cualquier demiurgo universal, del ser parmenídeo o del destino griego.”
El Dios de los hebreos, que dice “Yo”, un Dios con el cual se habla, un Dios que demanda algo, y que en Eclesiastés ordena Goza – lo que es verdaderamente el colmo. Gozar bajo órdenes es algo que provoca angustia. Orden a la que no puedo sino responder con un oigo.
Concluimos finalmente este apartado tomando nuevamente la palabra de Regnault: “La verdad –no toda ella también- de la religión según la doctrina no aporta ningún consuelo al creyente. El discurso analítico –un poco como la teología- habla mucho y fuerte de dios, pero el neurótico obsesivo solo descubrirá allí lo que el niega, así como místico no verá allí lo que él cree saber más que matemizado. Quizás estarán uno herido y el otro vencido, abatido por este nuevo tipo de ateísmo. “Ya que la verdadera fórmula del ateísmo no es que Dios ha muerto – incluso fundando el origen de la función del padre sobre su asesinato, Freud protege al padre-, la verdadera fórmula del ateísmo es que Dios es inconciente”.[19] [20]
Se sostiene de esta manera por medio de esta paradoja dos lugares nuevos. Dos dioses. El sujeto hace lo que puede frente a esto. Decir… gozar… en la medida de las posibilidades del mismo. Probablemente de eso se trate de poder hacer algo con esta paradoja. Claro esta y como dice Antonio di Caccia parodiando a Lacan: Con Dios, en todos los casos, se crea o no se crea en él, hay que hacer las cuentas. Es absolutamente inevitable. Es un Dios que no se erradica porque no tiene otro fundamento que ser la fe hecha a este universo de discurso ¿Debo recordarle que no se está nunca solo si se tiene consigo el universo del lenguaje?[21]
La visión dionisíaca del mundo
Así, pues, mientras que el sueño es el juego del ser humano individual con lo real, el arte del escultor (en sentido amplio) es el juego con el sueño. La estatua, en cuanto bloque de mármol, es algo muy real, pero lo real de la estatua en cuanto figura onírica es la persona viviente del dios. Mientras la estatua flota aún como imagen de la fantasía ante los ojos del artista, éste continúa jugando con lo real; cuando el artista traspasa esa imagen al mármol, juega con el sueño.
¿En qué sentido fue posible hacer de Apolo el dios del arte? Sólo en cuanto es el dios de las representaciones oníricas. El es “el Resplandeciente” de modo total: en su raíz más honda es el dios del sol y de la luz, que se revela en el resplandor.[22]
Friedrich Nietzsche, verano de 1870.
[1] [“Un sujeto habla para desaparecer (paradoja). Antes del acto no era (no es su condición previa), luego del acto ya no es - el sujeto "ex-iste" fuera de esa cadena, pero en relación a ella.”] Jaques Lacan. Seminario 26. La topología y el tiempo. Clase 10. 15 de mayo de 1979.
[2] Heidegger, M., “Nietzsches Wort Gott is tot” en Holzwege (Sendas perdidas), Frankfurt, Klostermann, 1950, p. 200, versión castellana de A. Yañez, El nihilismo y la muerte de Dios, UNAM/CRIM, 1996, p. 114.
[3] Michel Foucault. Hermeneútica del sujeto.
[4] Kant, I., Crítica de juicio, Austral, Bs. As., p. 377.
[5] Françoise Regnault. Dios es Inconsciente. Editorial manantial Buenos Aires 1993.
[6] Jaques Lacan El inconciente y la repetición. Del sujeto a la certeza Pág. 42.
[7] Jaques Lacan, El inconciente freudiano y el nuestro. Pág. 35.
[8][Se introduce aquí una primera distinción-separación en la conceptualización en relación a los dioses de los que vamos a ocuparnos. Si bien inconcientes ambos uno atravesado por las dos vertientes del Icc el otro al que trabajaremos mas adelante como la presencia de ausencia, como lo que se pone allí frente al agujero del sujeto].
[9] Françoise Regnault. Dios es Inconsciente. Editorial manantial Buenos Aires 1993. Pág.51
[10] Jaques Lacan. Escritos. Op cit Pág. 278, Pág.
[11] Jaques Lacan. Ornicar Nº 5 Pág. 21.
[12] Más adelante nos ocuparemos en detalle de este punto. Ahora bien es muy interesante poder desarrollar esto y será ese el mejor destino en relación a la siguiente cita en cuanto esta es la verdadera esencia y conceptualización de tal afirmación. “Pero el sujeto esta allí para dar consigo mismo, donde eso estaba –me adelanto- lo real”… “los dioses pertenecen al campo de lo real”. Jaques Lacan El inconciente y la repetición. De la red de significantes.
[13] Jaques Lacan. Seminario 26. Año 1979.
[14][del dios con minúscula, del Nietzscheano]
[15] [La primera, que sustituye el significante del deseo de la madre por el Nombre del padre. La segunda, sustituye el goce del deseo de la madre por la imposible consistencia del Otro] J.A. Miller, Extimidad, clases del 22 y 29 /1/1986. Inédito
[16] Mauas Marco Y como… Yahvé pecado, herejía y separación
[17] Françoise Regnault. Dios es Inconsciente. Editorial manantial Buenos Aires 1993. Pág. 50 y Pág. 53.
[18] Ídem. Pág. 53
[19] Ídem. Pág. 54
[20] [Agregaría a esta cita sencillamente un guión que uniera en la afirmación al dios con el es. Diría finalmente para concluir Dios-es inconciente como apuesta final que hecha luz sobre una lógica de a dos; dentro una y fuera otra del lenguaje, como lo nombrable y lo innombrable de dios.]
[21] Antonio di Caccia. Dios Ediciones: Lacaniana.
[22] La visión dionisíaca del mundo. Traducción A. Sánchez Pascual. Alianza Editorial
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